El fin de un ciclo
Me encantaría decir gracias, gracias, muchas gracias por tantos años y por tanto amor, querida yo. Fueron años de experiencias maravillosas, de mucha luz y de oscuridad, de caminos largos y cansados, de trabajo duro pero honesto.
Hoy reconozco todo esto que hemos recorrido y lo honro con ternura, respeto y amor.
Me siento tan entusiasmada de estar hoy aquí, sentada, viendo nuestra vida pasar como una película en cámara rápida frente a mi cabeza. Cada memoria, cada detalle, cada imagen, se sigue sintiendo viva.
Muchas veces sigo trayendo a esa Andy de 21 años; muchas otras veces me pregunto: ¿quién era yo? Porque al mirarme al espejo no logro reconocerme del todo.
En aquel momento no tenía ni la mínima idea de todo esto que podía suceder, de todo lo que tendría que destruir de mí misma, pero sobre todo de todo lo que podría reconstruir y de la nueva versión que podría llegar a ser: una más liviana, una más plena, una más libre.
¡Qué viaje, mujer!
Tan largo que hasta se siente nostalgia al despedirlo. Y no es que ya nunca nos volvamos a ver: estoy segura de que, de vez en cuando, te visitaré en memorias, sueños o meditaciones. Y también sé que tú siempre estarás ahí para recordarme y sostenerme si así lo necesito; regáñame también, por favor, con amor y paciencia.
Hoy me senté aquí con la intención de cerrar algo. Me pregunté durante varias semanas: ¿qué debo soltar y qué debo cerrar? Pensaba en cosas externas, en relaciones fuera de mí, pero esta mañana, al despertar con el sol en la cara, todo se reveló. Se sintió como agua caliente en días fríos, suave y cómodo: tengo que despedirme de ti, de mí, de mi antigua yo.
El cierre es nuestro, el cierre de esta versión que nos dio vida, que nos hizo crecer, que alargó nuestras raíces y les dio aire.
Hoy estoy lista para cerrar este ciclo de 9 años, un ciclo de viajes —viajes lejanos y profundos a nuestro ser— lleno de tanto aprendizaje. Necesito cerrar este ciclo, y para cerrar hay que irse, hay que despedirse, hay que morirse un poco.
Te honro, Andy. Honro nuestros pasos, nuestro camino andado, las lecciones aprendidas. Honro el dolor y el amor; honro la dicha y la alegría; honro el trabajo hecho, nuestra luz y nuestra oscuridad, nuestras cicatrices, nuestras máscaras caídas, y honro todo lo que fuimos.
Hoy te veo con consciencia, te abrazo con ternura y compasión, porque sé que no fue fácil llegar hasta aquí. Y también agradezco porque tuvimos tiempos maravillosos, imposibles de olvidar.
Hoy sé cuál es mi lugar y lo tomo.
Qué nostalgia y qué emoción me causa este momento; cuánto agradecimiento y amor.
Gracias por cada paso, por cada lágrima, por cada risa. Gracias por todo lo que hiciste para que hoy estemos aquí. Jamás te olvidaré.
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